miércoles, 30 de septiembre de 2009

MINUTO CUARENTA

Minuto Cuarenta

Los últimos rayos de sol de la tarde se terminan de ir en medio de la suave y fría brisa de septiembre.
En la facultad hay silencio, pero no el suficiente para alcanzar a concentrarme. Todavía me quedan seis textos que leer, pero es inútil. El cansancio de la ajetreada mañana inunda mis ojos y empaña mis lentes.
Cerca, unos chicos hablan pavadas a diestra y siniestra mientras patean una bola de plumavit reforzada. La pelota resiste, pero su inconsistencia la hace rodar demasiado. De repente, en medio de una elevación magistral por parte del más alto de los chicos, la pelota describe una simpática voltereta y rueda hasta mi lugar de “trabajo”.
El movimiento fue tan sutil, que sólo un distraído como yo pudo notarlo, de la misma forma en que podría notar el batir de alas de una mosca si esta me rodeara.
Inconcientemente una imagen asaltó mi mente. Es un recuerdo glorioso. El tipo de historia que la gente dice que hay que vivir antes de dejar la tierra. O alguna cursilería por el estilo.
Curioso lo que puede cambiar la vida en cinco años. Definitivamente eran otros tiempos. Unos en los que podíamos darnos el lujo de hacer alguna pendejada tan magistral como aquella.
Todo partió por el afán del Viejo de hacerme vivir la vida. Los costos no importaban, la seguridad era lo de menos. Si un día se levantaba con las ganas de que partiéramos sin rumbo fijo, ni planes, ni ahorros, simplemente pescábamos las maletas y a volar.
Era principios de abril, hacía frío, llovía. La humedad inundaba las calles, anegando casas y desastres de ese tipo. El viejo se aburría tanto entre sus montañas de papeles que sufrió un arrebato de locura.
Cuando llegué del colegio ya estaba todo listo. Maletas, pasajes, reservaciones. Ni siquiera alcancé a decirle que al otro día tenía prueba de matemáticas.
Sin alcanzar a procesarlo diez horas después el sol del mediodía español me hacía gotear la frente. Nos quedamos hasta el fin de semana, dijo el Viejo.
Entre el remolino de colores, emociones, sueño, ojeras y preocupación me acordé del partido del Barça. Vamos, pues, me contesto el Viejo.
Yo no lo podía creer. Un día sólo pensaba en cómo quitarme las matemáticas de la cabeza y al otro iba ir a ver al Barça en vivo, en directo, en real.
Creo que jamás he sido tan feliz como ese día. Salté y grité como nunca lo había hecho. Como nunca lo volví a hacer.
El Viejo me miraba no más. Nunca le gusto el futbol, menos el español. Pero ahí estaba. Metido en medio de la barra del Barça gritando como loco.
Pasado los cuarenta minutos el empate era inminente. Solo un milagro nos daba la alegría. Y el milagro pasó.
Xavi avanza por el medio, cede para Ronaldinho y se desmarca. El brasileño se la devuelve con una vaselina magistral y Hernández se mete entre los centrales y define de primera.

¡¡¡¡¡¡¡¡ GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Mientras tres cuartos del estadio rompía en llanto, yo gritaba. Por un segundo los corazones catalanes se detuvieron, y el mío también. Era uno más de entre esos hombres de acento y habla extraña.
No entendía que decían, hablaban en su propia lengua, compartiendo un sentimiento. Una comunicación mucho más allá.
El Viejo me miraba no más. Nunca le gustaron los españoles, decía que eran la peste de Europa. Que gracioso es que se haya convertido en uno en menos de un fin de semana.
Nunca le dije que los catalanes no son precisamente españoles. Habría sido darle motivos para seguir habladuriando. Se fue sin saberlo.
Ahora una sonrisa torcida me curvó la cara. El tipo alto me dio las gracias cuando detuve la improvisada pelota de plumavit.
Yo tomé los textos y salí de ahí. Cruce la ciudad en tres cuartos de hora. Me fui a ver al Viejo.
Desde el fondo de esa placa de metal con su nombre grabado sé que me sonrió de vuelta. Que también se acordó de cómo cinco años atrás un día cualquiera, sin motivo aparente, me llevó hasta Europa para ver un partido en el Santiago Bernabeu.